Españistán, de la Burbuja Inmobiliaria a la Crisis (por Aleix Saló)
La mejor manera de entender la crisis.
31 Mayo 2011
La mejor manera de entender la crisis.
23 Noviembre 2010
Estamos en las vísperas de que se vuelva a producir, ahora en Irlanda, una nueva intervención para devolver la rentabilidad a unos pocos bancos con un coste tremendo que una vez más se hará recaer sobre la ciudadanía que no lo ha causado: "La UE exigirá a Irlanda subidas de impuestos para devolver el rescate", titula la prensa.
Y de nuevo comprobamos que solo hay una cosa tan infame como el comportamiento de la banca y los financieros que han provocado esta crisis: la cobardía y la complicidad de las autoridades que no se atreven a ponerlos firmes y a someterlos al imperio de leyes justas que impidan que la economía mundial siga siendo un enorme casino en el que la banca se ha autoconcedido el derecho a establecer las reglas que a ella le conviene y a hacer trampas cuando y como le viene en gana.
Los descalabros continuados de la economía mundial que han tenido como punto culminante la crisis actual se han producido en última instancia como consecuencia de que la banca privada disfruta del privilegio de crear dinero (es decir, de obtener beneficios y poder) cada vez que genera deuda a cuenta de los depósitos de los clientes.
En lugar de limitar el riesgo que ello conlleva, los gobiernos cedieron a las presiones de los banqueros y han ido estableciendo una regulación del negocio financiero cada vez más permisiva, que deja hacer prácticamente de todo.
En los últimos años, los gobiernos y los bancos centrales han ido desmontando las normas legales que de alguna manera restringían ese poder de las entidades financieras para permitirles que se pudieran convertir en verdaderos chiringuitos financieros dedicados a promover la inversión especulativa mediante una ingeniería que no ha podido provocar sino crisis sucesivas y la última catástrofe en la que se encuentra todavía el sistema financiero mundial. Como dice un viejo refrán chino, nadie puede permanecer eternamente de puntillas. Por eso era inevitable que le ocurriera lo que le ha ocurrido a la banca y cuya consecuencia inevitable ha sido el también continuado deterioro de la actividad y el empleo porque en la misma medida en que los bancos generan dinero para la especulación financiera lo hacen escasear para la actividad productiva empresarial y el consumo.
Cuando el paroxismo especulativo de la banca internacional hizo estallar la crisis las autoridades de casi todo el mundo, a pesar de sus continuas declaraciones prometiendo poner orden y combatir la irresponsabilidad, como se llegó a escribir en algún comunicado del G-20, se han limitado a conservar el orden financiero sin osar poner límites a los privilegios de la banca. Y al limitarse a ayudar a la banqueros sin resolver los problemas de financiación que paralizaban la actividad han generado una deuda tremenda que los propios bancos han utilizado para empoderarse aún más y extorsionar a los gobiernos y a los pueblos.
Para ayudar y salvar a los bancos causantes de la crisis se les han inyectado docenas de miles de millones en sus balances, se han cambiado las normas legales, se les ha avalado para que sigan haciendo operaciones de gran riesgo, y se les sigue permitiendo que utilicen el dinero que reciben de las autoridades públicas para volver a obtener beneficios sin que vuelvan a poner en marcha el mecanismo de financiación que necesita el mundo empresarial y los consumidores. Algunos se han nacionalizado pero dejando que los dirigieran los mismos dueños de antes. Se han cambiado las normas contables para permitir que los bancos oculten a sus clientes y a la sociedad el quebranto patrimonial (en muchas ocasiones intencionado) que han provocado con dinero de otros, para que nadie sepa que en realidad están tratando con bancos zombis a los que solo mantiene en pie la ocultación y los privilegios de los que ningún otro sujeto económico disfruta.
En España, el gobierno se ha rendido poniéndose a los pies de los banqueros, se ha hecho con verdadera nocturnidad política una ley para que la banca privada se haga con las cajas de ahorros y para que en poco tiempo desaparezca cualquier atisbo de interés social en el sistema financiero. Y hasta una institución del Estado como el Banco de España se convierte públicamente y sin ningún disimulo en el mascarón de proa de los intereses de la banca privada presionando al gobierno y acorralando hasta con modos inimaginables a dirigentes de cajas de ahorros, como muchos de ellos podrían contar si en esas instituciones públicas y en estos negocios hechos con dinero de todos los ciudadanos hubiera la mínima transparencia que cabría esperar de una democracia.
Mientras que se salva y ayuda con docenas de miles de millones dinero público a los bancos culpables de la crisis se deja que miles de familias que se han quedado sin empleo por su culpa pierdan también sus viviendas porque no pueden pagar unos pocos cientos de euros a bancos que obtienen beneficios multimillonarios.
Y todo ello, sin fondo, como vemos de nuevo en Irlanda y como veremos quizá dentro de poco en Portugal o quién sabe si en España en donde, a pesar de lo que se dice, los bancos, igualmente responsables de la situación de nuestra economía, han recibido ayudas de todo tipo en los últimos años.
El proceso que estamos viviendo pasará a la historia como el que permitió que los manifiestamente culpables de un descalabro económico quizá sin parangón no solo no hicieran frente a sus responsabilidades sino, además, para que aprovecharan las respuestas que las autoridades dieron al daño que provocaron para enriquecerse aún más y para aumentar su poder político e imponerlo sobre el conjunto de la sociedad.
La enseñanza de todo esto es que la economía no funciona como nos quieren hacer creer, como un subsistema aislado de la ideología, del poder y la política sino que es una parte más de los mecanismos políticos y de decisión. Nada de lo que ha ocurrido podría haber sucedido si la gente tuviera noticia de lo que han hecho y de lo que hacen los bancos son su dinero, si se conocieran sus negocios de blanqueo y las operaciones en los paraísos fiscales, si se supiera a quién financian y a quién le niegan financiación, si se impidiera que los bancos influyan en los medios de comunicación o en las fuentes del conocimiento, si se permitiera que los ciudadanos hablaran y debatieran abiertamente sobre lo que conviene a unos y otros y sobre lo que se puede dejar hacer y lo que no.
En lugar de permitir que eso suceda, los bancos se han convertido, a la par que en la principal fuente de alimentación de la economía especulativa que ahoga a los empresarios que quieren crear riqueza y a los ciudadanos normales y corrientes, en el sostén de los principales instrumentos de persuasión y manipulación orientados a convencer a la gente de que las medidas que se toman para que los banqueros y las grandes empresas ganen más dinero son inexcusables porque responden a una mecánica con lógicas propias y autónomas, como las de un reloj que se lleva al técnico para que repare el mal funcionamiento de alguna de sus piezas. Y, por tanto, sobre las que la ciudadanía no tiene por qué pronunciarse. Si nos dicen que para condenar los crímenes del gobierno de Marruecos hay que ser experto, ¡qué no habrá que ser entonces para criticar la política financiera del gobierno o de los bancos centrales, por muy evidente que sea el que benefician siempre a los mismos!
Gracias a la idea de que la economía es "cosa de expertos" y técnicos se va generando el clima de conformismo social sobre las políticas económicas que permite que se lleven a cabo sin grandes dificultades las medidas vergonzosas que se están aplicando.
El principal y hasta ahora exitoso empeño de banqueros y grandes patronales es el de producir el suficiente consenso para que nadie ponga en cuestión lo que a ellos les conviene. Eso es lo que les da la seguridad y convicción de la que Carlos Menem hacía gala en Argentina cuando permitía, como lo están permitiendo ahora los gobiernos europeos, que los bancos robaran a manos llenas a los ciudadanos: “pueden hacer mil marchas, mil huelgas, nada cambiará".
Es más o menos lo que ahora piensan y dicen en Europa, hasta que los ciudadanos se harten y hagan frente a esta infamia.
13 Agosto 2010
"Un banco es un atraco al revés, de dentro afuera, en el que en lugar de quitarte los ladrones el dinero, vas tú a dárselo, y en el que la policía no los persigue, sino que los defiende. O sea, que si te preguntan en un examen a qué distancia está la realidad de un banco, responde que a años luz, y sacarás sobresaliente en economía", dice esta mañana Juan Urbano, mientras saca 20 euros de un cajero automático y, a continuación, hace lo que hacemos la mayor parte de las personas en ese caso, que es quedarse mirando el recibo como las vacas miran pasar el tren, y no poder creérselo: ¿día 11 y ya solo me queda esto? Y después maldice la comisión que le ha cobrado la entidad a la que le ha metido la tarjeta, que no es la suya, porque no había ninguna en los alrededores, es tarde y necesita dinero para volver a casa: tres euros.
O sea, que no hace falta ser Einstein, que por otra parte es el sabio que dijo que el problema del hombre moderno es que cada día sabemos más y entendemos menos, para darse cuenta de que Juan Urbano tiene toda la razón del mundo: el banco de la esquina ya es otro planeta, en el que la única ley es la ley del embudo y donde todo se mira con lupa a la hora de dar y con telescopio a la hora de recibir. Por eso te secuestran tres euros por sacar 20 de un cajero, te cobran dos por hacer tú mismo una transferencia a través de internet, otros tantos por ingresar un cheque, 14 o 15 por abrir una cuenta y otro millón de cosas que todo el mundo sabe.
No me digan que no es inexplicable que el mismo Ayuntamiento de Madrid, al que no le tiembla la mano si se trata de ponerle tasas de basura y otros mil impuestos a los ciudadanos, sea tan prudente a la hora de ponérselos a los bancos. Hay que oír para creer, en este caso al concejal de Hacienda, que nos hace pagar a todos por el espacio público que consumen nuestras casas o nuestros coches, pero no quiere cobrarle a las entidades financieras por el que ocupan sus cajeros automáticos. Dice que eso daría lugar a un litigio muy caro, pese a que esa tasa está avalada por una sentencia del Tribunal Supremo, de febrero de 2009, y como en su partido todos corean el mismo discurso, tal vez porque llevan la repetición en las siglas, una pe el eco de otra pe, le echa la culpa al Gobierno, "que arreglaría el problema si modifica la ley, para permitir a los Ayuntamientos que suban o bajen la tarifa local del impuesto de actividades económicas que se cobra al sector financiero, que supondría que las entidades bancarias pasarían de pagar 30 millones de euros a 90". Y luego añade que esa ley no se modifica desde 1996, olvidando sin duda que ese año empezaron a gobernar ellos, y que lo hicieron hasta el 2004. ¿En ese tiempo no pudieron hacer lo que ahora piden, según Juan Urbano y yo con buen criterio, que hagan sus sucesores?
Mucho nos tememos los dos que aquí va a pasar lo de siempre, y por tanto esta volverá a ser la historia del asno de Buridán, que murió de inanición porque no fue capaz de decidirse entre la hierba que tenía a su izquierda y el agua que tenía a su derecha. Es decir, que como unos no cambian esa Ley de Haciendas Locales, los otros no aplicarán esa tasa, que dependiendo de la fórmula que se utilizase llevaría a la caja fuerte del Ayuntamiento entre un millón y medio y siete millones de euros. Lo que les va a costar recaudar eso mismo a base de ponernos multas por ir a más de 50 en un túnel, que es lo que ahora hacen. "El loro se está quedando sin chocolate, pero el pavo real tiene la cola más abierta que nunca", sentencia Juan Urbano, y a mí me parece que está clarísimo lo que quiere decir.
13 Agosto 2010
Este verano ha sido largo y caliente en el norte de España, el verde casi idílico de los valles asturianos se ha tornado mustio y los paisanos suspiran mirando al cielo en busca de las nubes que necesariamente han de traer la tormenta.
Hace ya muchos años, en casa del general Omar Torrijos, en Panamá, tuve el privilegio de conocer a Graham Greene y, en una tarde de tormenta tropical, me acerqué hasta la hamaca en la que el gran escritor bebía whisky con ademanes sacramentales. Tras compartir una media hora de silencio, me preguntó si quería saber en qué estaba pensando. Mi respuesta fue un sí rotundo, y el gran escritor me contó que tenía la frase final de una novela, pero nada más que la frase final, del resto del argumento no tenía ni la menor idea. La frase rezaba: “Y en eso llegó la tormenta”.
Nunca más volví a estar cerca de Graham Greene. Omar Torrijos murió en un extraño accidente urdido por la CIA que permitió a un sátrapa de apellido Noriega hacerse con el poder en Panamá y de paso facilitar una invasión norteamericana, y otros dos presentes en aquella tarde memorable tampoco están en este mundo: Hugo Spadafora perdió la vida en otro curioso accidente aéreo, y a Chuchú Martínez, la mano derecha de Torrijos, le falló su noble corazón de panameño, pero esa frase permanece en mi cabeza y suena con el timbre de voz susurrante de Graham Greene: “Y en eso llegó la tormenta”.
Cuando la canícula se hace insoportable, cuando el aire ahoga, cuando el cielo amenaza con pegarnos al suelo, entonces deseamos la tormenta salvadora, y desde hace ya varios años en España miramos al cielo buscando las señales de esa tormenta que tiene como misión hacer respirable el aire ciudadano, el aire calentado y envilecido por el odio de la derecha que ha reemplazado a los argumentos, a la posibilidad de discrepancia, al urgente diálogo civilizado.
Son muy pocos los países en los que el odio de la derecha ha llevado a situaciones tan grotescas como las que hemos presenciado en España. Desde el intento de sacar rédito político a la tragedia del 11-M, hasta buscar el enfrentamiento social mediante los mensajes apocalípticos que se sucedieron tras la aprobación de leyes como la que legaliza las uniones entre personas del mismo sexo, la Ley de Memoria Histórica, la que entrega una educación para la ciudadanía, o la que amplía un derecho tal elemental como es el de permitir que las mujeres decidan sobre su propio cuerpo, el lenguaje callejero de la derecha española ha sido de un odio virulento, de un odio que ha calentado la atmósfera hasta hacerla irrespirable.
Hemos presenciado el espectáculo de una Iglesia sedienta de volver a los tiempos del nacional catolicismo, llamando a defender a la familia, pero sin decir una palabra acerca de los miles de casos de abusos de menores perpetrados por sujetos de sotana y rosario. Hemos visto como el líder de la derecha abría las puertas a la más pura xenofobia proponiendo un contrato mediante el cual los extranjeros se comprometían a respetar las costumbres españolas, pero sin indicar ninguna. Hemos visto como, en lugar de proponer ideas, se festeja la subida monstruosa del paro como un éxito de la labor opositora.
Hace unos días tomé un taxi en Madrid y, aunque por regla de salud no converso con los taxistas, no pude evitar que me salpicara con sus babas de odio. El hombre sugería una intervención de la legión en Catalunya para poner en su lugar a esos cabrones, porque la prohibición de las corridas de toros era una ofensa a España, a los españoles, y sobre todo a él mismo, quintaesencia de la españolidad. Le pregunté si no sabía que los canarios habían hecho lo mismo el año 91, y su respuesta fue: los canarios, esos no son españoles, son africanos.
Días más tarde en mi pescadería de Gijón una anciana vaticinaba que lo de los catalanes prohibiendo los toros era el primer paso y que el siguiente era la quema de iglesias o la obligación de abortar. Su rebequita de ganchillo destilaba odio. Luego, en la fila frente a la caja de un supermercado, un asturiano y español de pura cepa indicó mi ramo de albahaca plastificada y exclamó: cómo no van a subir los precios si traen cosas que comen los extranjeros y de lo de siempre no se encuentra nada. Le indiqué que la albahaca era andaluza y su respuesta fue: si no te gusta lo de aquí, por qué no te largas a Barcelona o al país vasco que es donde os sentís a gusto.
Alguien puede alegar que las opiniones de ese taxista legionario, de la ancianita temerosa de abortos por decreto y del analfabeto gastronómico son excepciones, y tiene razón. Pero son excepciones que confirman una regla peligrosa pues el lenguaje del odio, el discurso del odio de la derecha española, va dirigido precisamente a esos minusválidos intelectuales cuyo patrimonio cultural se limita a una torpe idea la patria como hábitat, y a la religión como elemento autoafirmador de su ignorancia.
Y mientras tanto sigo esperando la tormenta. Una tormenta de ideas, pero progresistas, de izquierda, cargadas de humanidad e inteligencia, porque al odio desatado por la derecha sólo podemos responder desde la inteligencia social, desde la sensibilidad social.
Cuando llegue ese momento pensaré en el viejo Graham Greene con su vaso de whisky en la mano y susurrando: “y en eso llegó la tormenta”.
Luis Sepúlveda es escritor. Autor de ‘La sombra de lo que fuimos’
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11 Agosto 2010
“No siempre se han de decir todas las verdades, sino
sólo aquellas que producen algún fruto”
B. Pascal
“No podíamos pensar que el futuro sería esto, decían
--casi-- unos versos de Benedetti”
Haro Tecglen
Exponíamos ha poco por qué vemos a España como arquetipo del esperpento. Tomen lo que sigue, si leerlo les pluguiera, de resopón ad hoc. ¡Querido país!, este nuestro, prácticamente sin Ilustración (en su lugar, gritaba el pueblo “¡Vivan las caenas!”, las del infame Fernando VII, pateando sobre el santo y seña liberal “¡Viva la Pepa!” o Constitución de San José de 1.812); sin revoluciones burguesas (excepto la tardía y traicionada del 68, y la fusilada de la II República); sin clases medias en el siglo XIX (como sí hubo en Francia, Alemania, Inglaterra); sin separación total Iglesia/Estado cual en la católica Francia... y, a día de hoy, único país de Europa con absoluta impunidad de la barbarie fascista. Incluso con un destacado ministro de Franco, firmante solidario de sentencias de muerte, de senador y presidente insigne de un Partido que se supone democrático (el Presidente “de honor” es su digital sucesor Aznar, que no vean lo que escribía contra la democracia cuando era funcionario de Hacienda en Logroño). Por lo demás, el honor --decía Aldous Huxley-- “se parece a las faldas de las mujeres. Se lleva largo o corto, ancho o estrecho, con enaguas o sin bragas”.
De un partido, añadimos, especializado en marear la perdiz; que, tras incendiar cuanto ha podido el tema del Estatut catalán (del que rechazaba puntos importantes que sí le habían parecido bien en otras Comunidades Autónomas), anda ahora encogidico como un pecado mortal para no molestar a CiU, a cuyo tanganillo se encomiendan para lograr el poder, y no es cosa de volver a gritar “¡Pujol, enano, habla castellano!” y haber luego de jurar que parlan catalán en el tálamo. Pues rige aquí la doctrina Mourinho: carece de valor jugar bien o mal, sólo importa ganar. ¿Tratará el PP de fichar a Mourinho? ¿Y puede darse una nación cultural y política, pero no jurídica? ¿Durante cuánto tiempo, si ya en Sentencia de octubre del 93 el Tribunal Constitucional alemán definía a la Unión Europea como “confederación de Estados democráticos”, y hoy el PP va facilitando el guión a los independentistas? Una guinda aún (más esperpento): tenemos un Estado en muchos aspectos federal, mas la Constitución se guarda bien de considerarlo tal, llenándose la boca de “Nación española” desde su primera línea.
La cuestión básica de este grave asunto es que España está “sin acabar” desde el Conde-Duque de Olivares y la imposición, luego, a cargo del primer Borbón --por derecho de victoria sobre media España-- del modelo centralista francés, opuesto a mil años de tradición y hondas huellas acá: de Reconquista, Reyes Católicos y cinco Reyes Austria. Y, cuando la II República empezaba a resolver el problema, la asaltó y apioló el monipodio de militares africanistas, terratenientes explotadores, obispos poco evangélicos y contrabandistas como Juan March, más la carne de cañón extranjera de moros y legionarios y los aviones y cañones de Mussolini y Hitler. ¿Conocen ustedes otro golpe de estado triunfador gracias a Duce y Führer cuyos autores lleven tres cuartos de siglo subidos en el machito, ellos y sus descendientes; donde los magistrados de la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo (prevaricando, en el análisis jurídico de uno) siguen defendiendo la validez de los homicidas consejos de guerra franquistas con el argumento de que ”aplicaron las leyes vigentes”? (A su concepto del Derecho quizá cabría aplicarle lo de Huxley sobre el honor).
Por ende, durante la dictadura militarista-fascistoide-clericaliana-bonapartista, a falta de poderes democráticos clásicos y legítimos hubo otros omnipotentes como el genocida “poder desaparecedor” (tras el tiro en la nuca). Mas Lo gravísimo es que éste continúa flamante, con más de cien mil ciudadanos “desaparecidos” y asesinados, lo cual significa otros tantos delitos permanentes. Y que gran mayoría de jueces se llaman andana sobre la materia. Así que, si un juez tira de la manta (Garzón), dejando trasero al aire a tantos otros (prescindiendo de si don Baltasar aspirase a presidente de la III República, que uno sospecha que quien de verdad aspira es “Ánsar” y a lo mejor hasta lo habló con Bush, albarcas sobre la mesa), al haber Garzón obedecido al Art. 6 y el 23.4 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, el 10.2 de la Constitución (sobre Tratados y Acuerdos internacionales ratificados por España), el 131.4 del Código Penal, etcétera --que, en resumen, vedan la aplicación de la Ley de Amnistía de 15/10/77 a los imprescriptibles delitos de lesa humanidad-- parece haberse generado una conspiración-contra-Garzón para que el pacto político de Democracia y franquismo (suscrito bajo trágalas y coacción de éste, con el Ejército del caudillo vigilando) siga prevaleciendo espuriamente sobre todas las normas jurídicas de alto rango citadas, incluida la Constitución. Conspiración de alto copete para disuadir, cortar las alas, escarmentar en cabeza ajena a cualquier potencial investigador judicial de los crímenes contra la humanidad de la dictadura. Verde y con asas, alcarraza. Lo más triste quizá es ser el hazmerreír jurídico y moral del mundo, después de haber perseguido tantos delitos de lesa humanidad lejos de España.
Por si no me explicara bien, permitan un ejemplo, entre cien posibles, de los dobles “juegos”: ¿recuerdan la que armaron contra Garzón por pedir certificación a los Registros Civiles de la defunción de Franco, Mola, Queipo, Yagüe, Vigón, etc (en auto de 16/10/08)?. Pues el magistrado de Valencia Sr. Ceres (quien, junto al ídem Sr. De la Rúa trató de exculpar al presidente Camps por el asunto “de los trajes” en agosto de 2.009, lo que fue impedido unánimemente por el Tribunal Supremo), el Sr. Ceres, decimos, pidió que le certificaran ser Camps Presidente de la Generalitat Valenciana, sin que nadie arremetiera contra él (aunque se pueda pensar que era por dilatar el procedimiento, para que lleguen antes las Elecciones autonómicas que el eventual banquillo).
Mala cosa, en suma, los enjuagues entre Derecho y Política. Mas hablemos, por terminar, una miaja de ésta, a vuelapluma. ¡Qué hombre de suerte es ZP: tener de oponente máximo, en momentos tan difíciles, a Don Mariano el Leve! (FG también la tuvo, le tocó Fraga durante mucho tiempo). Aunque es verosímil que los candidatos a las Generales no sean Zapatero ni Rajoy. Buena parte del PP teme que, si la situación económica mejora algo y el PSOE pone a Rubalcaba o Pepiño, verbigracia, Rajoy pierda por tercera vez, emulando a San Pedro. Así que rabian pidiendo Elecciones ya, pues su mejor baza es la crisis económica. Y han tenido que aguantar el alegrón de la ciudadanía por que España ganó el Mundial de fútbol. Y encima se viene a veranear acá la familia Obama, ¡qué mala suerte!
Así que gerifaltes y carguetes del PP cuentan a sus bases que la única conjura es contra el Partido (conjura de fiscales, policías especialistas en delincuencia dineraria, funcionarios de Hacienda, interventores del Estado, incluso jueces). Y toca a los cargos públicos ser más leales al Partido que a los ciudadanos. Oigan al Conseller valenciano R. Blasco --ex PC m-l, ex Conseller del PSOE valentino, y hoy hombre fuerte del Gobierno de Camps-- decir que éste debe ser Presidente aunque la Justicia le condenase por cohecho o soborno (y demás posibles delitos que están asomando la orejilla: prevaricación, financiación ilegal del Partido, delito electoral...). Camps, temo, acabará más abandonado que don Manuel Azaña. De momento, ni Rajoy ni Cospedal ni González Pons ni Trillo, ni... se hacen una foto con él, y tampoco se le proclama candidato a la Generalitat.
Mientras, el buen Rajoy juega a que la crisis económica le gane las Elecciones, y se abstiene de criticar la corrupción (por cierto, me parece que el Rey también lo omite). Así que Mariano no hace propuestas. Encima, el antes hacedor de trascendentes leyes sociales ZP le pisa el discurso, tomando medidas económicas a lo Cameron, Merkel o Berlusconi. Lo que permite a Dª Cospedal asegurar que el PP es el partido de los trabajadores (más esperpento). ¿Será, en fin, que “lo decisivo no se puede organizar democráticamente”, como sostiene el obispo ultra Kurt Krenn (tan comprensivo con la pederastia)? ¿Es la mentira básica en la vida política, en la amorosa con frecuencia, en la social? Lean a Javier de Lucas en el importante libro “¿Es conveniente engañar al pueblo?”, del Centro de Estudios Constitucionales.
¿El pueblo?: les animo a ver la estupenda película de hace un par de años “Frost/Nixon”, particularmente cuando ese ignominioso ex Presidente USA se derrumba. O lean a Louis Blanc: “El pueblo despertó asustado con el ruido de pasiones que no eran las suyas”. (Con esta frase presentaba el sabio cínico Mitterrand su obra contra De Gaulle “El golpe de estado permanente”).
9 Agosto 2010
La diversidad cultural, lingüística, territorial, paisajística… es la gran riqueza de España. La unión de las distintas comunidades autónomas por unos principios democráticos es su fuerza. Imponer la unión por la fuerza la debilita y amenaza resquebrajarse. Si no la quieren rota, quiéranla plural. Los tiempos del dominio centralista, mandando unos pocos y todos los demás resignados y obedientes, han concluido. La Constitución debe respetarse. Pero debe actualizarse. Fue fruto de un sabio compromiso en el que algunos mostraron un gran desprendimiento. Ahora no debe conservarse invariable a capa y espada… precisamente por quienes menos se adhirieron entonces a los acuerdos de autonomía para una mejor unión política, y aceptar así tantas cosas que tuvieron que aceptarse. Lo que se pretendía era poner fin a un Estado centralista unido por la fuerza y no por la voluntad de sus pueblos.
Si hubiera podido, hubiera participado en las manifestaciones del pasado día 10 de julio en Catalunya. De todas formas, mi espíritu se hallaba entre los centenares de miles de personas que acudieron a decir que no a quienes pretenden el peor de los nacionalismos, que es el centralismo uniformizador y gregarista.
En los países federales, una Nación consta de múltiples estados. Un Estado puede constar de múltiples naciones, territorios… En Estados Unidos, como su nombre indica, 51 estados forman la Nación norteamericana. ¿Por qué el Estado español no puede hallarse integrado por diversas comunidades autónomas como el País Vasco, el Reino de Navarra o la Nación catalana (sin necesidad de embozarse en el preámbulo)? Se quiere abarcar todo: Estado y Nación.
Si “no hay otra Nación que la española”, ¿no podrá haber otra “patria” que la española? ¿Deberán los asturianos dejar de cantar su mundialmente famosa Asturias, patria querida? ¿y los navarros dejarán de ser “Reino”… porque no hay otro Reino que España?
El Tribunal Constitucional (TC), después de cuatro largos años, con un Estatut cuya aplicación durante este periodo ha demostrado que España ni se rompe ni se separa, ha hecho pública –con grandes dificultades, como corresponde a su aberrante y periclitada composición– una sentencia con interpretaciones que permiten, a su vez, distintas interpretaciones.
La primera es que muchas de las cosas que prohíbe o restringe pueden resolverse legalmente por otros caminos. La segunda es que el TC no debe volver a actuar después de que una ley haya sido sancionada (siguiendo escrupulosamente los procedimientos establecidos) por el Parlamento, por las Cortes Generales y por el pueblo. La tercera es que la Constitución debería actualizarse de tal modo que, quizás, el TC no fuera necesario. La cuarta es que el recurso al TC de toda decisión parlamentaria que no conviene a un partido político, para intentar ganar así lo que se ha perdido democráticamente, debería reducirse a casos excepcionales. La quinta es que lo que debe reformarse no es el Estatut sino, seguramente, la Constitución.
Sí: estuve presente en espíritu en la manifestación de Catalunya. Para demostrar mi adhesión al Estado plural, a la España diversa, a la España federal. Y que conste que no estoy al lado de los que ahora, aprovechando las turbulencias del momento, expresan delirios soberanistas. Ahora precisamente, cuando la unión de las culturas es más importante y apremiante para los cambios radicales que la gobernación del mundo requiere. Ahora, cuando la ciudadanía local, bien arraigada, debe ser al mismo tiempo ciudadanía mundial activa.
Yo no iré nunca al lado de los que ambicionan a contracorriente, a contra-solidaridad planetaria, sacar votos aislacionistas de una Catalunya lógicamente disconforme que reclama soluciones y no mayores problemas.
Tampoco iré al lado de quienes miran ahora –como siempre– a otro lado, pero recurrieron el Estatut y recogieron cuatro millones de firmas contra la “patria del meu cor”.
Unos y otros, deberían levantar la visera y mirar hacia delante. Hacia lo que interesa realmente a Catalunya, a España, a Europa, al mundo. Están enfrascados en las próximas elecciones. Unos y otros –los independentistas y quienes han realizado tantas afrentas a Catalunya– son, a mi entender, irresponsables e incapaces para construir este futuro distinto que anhelamos.
Por favor, no inventen ahora el “enemigo”. No provoquen actitudes que son luego indebidamente juzgadas con severidad. A quienes deberían juzgar es a quienes incitaron, a quienes quieren seguir ahormando el futuro de los países con las pautas autoritarias y hegemónicas del pasado.
Tenemos que ir al fondo de las cuestiones y, en estos comienzos de siglo y de milenio, promover, a través de democracias auténticas en las que el poder realmente “emane del pueblo”, los cambios radicales que son exigibles.
Ahora es posible, gracias a la moderna tecnología de la comunicación, la participación no presencial. Ahora son posibles transformaciones de hondo calado si somos capaces de expresarnos y de escuchar. De dialogar, dejando que todos manifiesten sus puntos de vista, incluidos los diametralmente opuestos a los propios. Sin imposiciones, sin violencia, sin amenazas.
Una parte considerable de Catalunya ha hablado. ¡Escuchémosla! De la fuerza a la palabra, no me canso de repetirlo, es la gran transición. España, Estado plural. España, Nación de naciones. España federal.
Federico Mayor Zaragoza es presidente de la Fundación Cultura de Paz
3 Agosto 2010

"No dan respiro señores, no dan respiro. La España charanguera y de gomina, de rubias ceñidas y escupitajo, inculta y reaccionaria que desprecia cuanto ignora que es casi todo. La España nueva rica y hortera culturalmente miserable, inconsciente, cavernícola y fascista; amiga del pedo, el grito y el gargajo que no cesa en sus exabruptos contra Cataluña y su estatuto como antes lo hicieron contra el archivo de Salamanca, ¿recuerdan?. Documentos robados, que conste, y que tienen que devolver a sus dueños como corresponde. Esa España negra seguirá practicando el infundio y la agresión con tal de vilipendiar a esta nación, que lo es, por mucho que ellos no quieran. Si no consta en la Constitución lo de nación hay que cambiar la constitución porque está mal redactada. Ahí están los mamporreros perfumados aliados a los novios de la muerte, esa iglesia ultramontana y patética cargada de odio por todo lo que es vida; esparciendo mentiras, enfrentamientos, amenazas y blasfemias porque esa es la base de su telaraña mental. Irán al infierno por mucho que recen. Ahí están jaleadas por la verruga bigotuda, ese Martín Heidegger de Quintanilla de Onésimo Redondo, conocido demócrata creador de la central de pensamiento de las FAES y de las JONS. La verruga que el pueblo español echó de su cargo por falsario lameculos, humillante y babeante del poderoso americano que nos llevó al desastre de Atocha; casi 200 muertos y miles de heridos por su rastrerismo y prepotencia patética. Ahí está repartiendo su "catalán enano habla castellano", mintiendo nuevamente sin ningún tipo de escrúpulo, porque nos ha tomado a todos por idiotas, porque la idiotez es la base y esencia de su pensamiento. En fin, que todos juntos vayan a cagar a la playa que la mierda se las comerán las gaviotas a las que han cogido como símbolo. Pobres bestias"
El Gran Pepe Rubianes
26 Julio 2010
¿Un millón, setecientas mil, quinientas mil personas?, en todo caso muchas, muchísimas personas han salido a la calle en Barcelona para mostrar su disconformidad con la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. Todos los partidos políticos catalanes excepto el PP y Ciutadans se han sumado a la manifestación, en la que, sin olvidar el tiempo preelectoral en que se ha celebrado, ha predominado un sentimiento de hartazgo y de rechazo a la sentencia del alto y desprestigiado Tribunal, que no sólo ha llegado tarde, sino en el peor momento.
Después de demorarse cuatro años, dar a conocer una sentencia mediatizada por influencias partidistas en la víspera del día en que se va a celebrar una manifestación contra ella parece un inútil intento de mostrar la independencia del Tribunal para hacer pública su opinión al margen de la coyuntura política, pero en realidad es una prueba evidente de la lejanía de dos mundos que no comparten ni el tiempo ni el espacio. Uno es la sociedad real y otro es el irreal mundo de las togas, en que vive encastillada gran parte de la judicatura.
La manifestación ha sido una respuesta a la sentencia del Constitucional dejando claro que no se comparte, pero también que se cuestiona su actual configuración, al haberse convertido en un instrumento de oposición política del Partido Popular. Lo cual es especialmente grave, porque el TC ha corregido, si bien en parte, la decisión de los ciudadanos expresada en dos parlamentos y en un referéndum y ha señalado, a la vez, los límites del proceso autonómico; ha echado el cerrojo. En vista de lo cual hay que preguntarse si en el PP se sienten realmente contentos con lo obtenido, que, a tenor de lo perseguido, no es mucho: de los 223 artículos del Estatut, el PP recurrió 114, el TC dejó el 97 fuera de la Constitución; en 14 artículos ha encontrado algún motivo para invalidarlos en todo o en parte; estima que 23 se adecúan a la Constitución si se cambia la interpretación, y 74 de los artículos recurridos no han sufrido alteración. El PP presentó casi una enmienda a la totalidad, pero no le ha salido la jugada que esperaba. La prueba de que la sentencia no ha satisfecho a sus dirigentes está en que, en vez de airearla a bombo y platillo como un triunfo de sus tesis sobre la unidad de España, se han apresurado a pasar página, a guardar la salmodia de la balcanización y dejar que se olvide la larga y artera campaña contra el Estatut, y de paso contra Cataluña, aunque ahora lo nieguen, lo cual también era de esperar, pues, como ocurrió en su día con la Constitución, cuando la mitad de sus 16 diputados la rechazó, luego sus dirigentes se han convertido en sus guardianes, casi en sus secuestradores; al final, defenderán este Estatuto y se arrogarán el papel de ser sus más fieles intérpretes. Pero no hay que olvidar lo que ha hecho el Partido Popular para meternos en este lío.
En noviembre de 1999, el PP apoyó la investidura de Pujol a cambio de que CiU renunciara a una revisión del Estatut de Sau. Testigo que recogió Maragall, quien, ante un gobierno de la derecha catalana apoyado por el triunfante gobierno de Aznar surgido de la elecciones generales del 2000, buscó el acuerdo con fuerzas de izquierda para reformarlo y privar a CiU del monopolio del nacionalismo ofreciendo al electorado catalán un proyecto nacionalista y de izquierdas. En 2003, de cara a las elecciones autonómicas, CiU se sintió libre del pacto con el PP y, junto con la designación de Artur Mas como sucesor de Pujol, retomó la idea de reformar el marco autonómico. Mas prometió que, si ganaba las elecciones, habría un nuevo estatuto con un acuerdo económico similar al concierto vasco.
Celebrados los comicios en otoño de 2003, Maragall, Saura y Carod firmaron un pacto de Gobierno (el pacto del Tinell) con el compromiso de reformar el Estatuto de Cataluña y la esperanza de que CiU lo apoyase desde la oposición. Así, ante un PP reafirmado en sus pautas centralistas y atacado de ardor guerrero en las Azores, se alzaba una alianza de izquierdas que representaba la España plural y pacifista. Lo cual llevó a Zapatero a afirmar, de modo tan optimista como imprudente, que apoyaría un estatuto respaldado por el parlamento catalán.
Tras el Pacto del Tinell, la victoria electoral del PSOE en 2004 colocó al PP en la oposición ante el gobierno catalán y ante el central. Los sucesores de Aznar se olvidaron de cuando éste hablaba catalán en la intimidad y enarbolaron la bandera de la unidad de España, que, según ellos, estaba en peligro de balcanizarse por las concesiones de Zapatero a los nacionalistas y el imaginario pacto secreto suscrito con ETA a cambio de proyectar la voladura de los trenes en Madrid, el 11 de marzo, para hacer caer al Gobierno. Eran los años, en que todos los días, todos los diarios y emisoras de radio y televisión y los tertulianos y comentaristas afines a la derecha difundían la teoría de la conjura urdida entre etarras, islamistas, agentes secretos españoles y marroquíes y policías afectos al PSOE para acabar con un gobierno que había emprendido la tarea de sacar a España del rincón de la historia sumándose a los planes imperiales de G. W. Bush.
Eran los años del ácido bórico, de las misteriosas mochilas que iban y venían según conveniencias de la prensa amarilla, de la descalificación de la comisión parlamentaria del 11-M (la comisión de la mentira, según Zaplana; un fiasco, según Rajoy) y de la obstrucción a la instrucción del caso llevada a cabo por el juez Del Olmo. Los años de las manifestaciones contra el terrorismo con motivos insólitos, contra la excarcelación de De Juana, contra la presunta entrega de Navarra a ETA, y de la apropiación de las víctimas por la Asociación de Víctimas del Terrorismo; los años del boicot suscitado por el Partido Popular a productos catalanes, aunque luego Rajoy tuviera que brindar con cava catalán para tranquilizar a los empresarios; los años en que la compra de Endesa por Gas Natural, suponía, según Esperanza Aguirre, llevarse la sede de la compañía fuera del territorio español, o sea, a Barcelona, con lo que se colocaba al lado de Carod Rovira, uno de cuyos dislates (la entrevista con un dirigente etarra) sirvió para que el PP indicara que el Estatut se haría a la medida de ETA. Años de despropósitos como impulsar mociones contra el Estatut en ayuntamientos y parlamentos autonómicos donde hubiera mayoría del PP, y llevar al Congreso una proposición de ley para celebrar un referéndum nacional sobre la unidad de España. Años en que el PP recibió el apoyo de la Conferencia Episcopal, que sacó del baúl de los recuerdos la unidad de España basada en la fe católica y señaló peligros sin cuento como el ejercicio de la poligamia si se aprobaba el Estatut.
El PP pretendió que la Mesa del Congreso no admitiera el Estatut para discutirlo en la cámara y, tras ser retocado y aprobado, decidió recurrirlo con la intención de que el Tribunal Constitucional lo dejara prácticamente inservible, para lo cual no dudó en emplear todas las maniobras posibles, como recusar al magistrado Pérez Tremps e impedir la renovación de los magistrados cuyo mandato expiraba. El resto es de sobra conocido: cuatro años de demoras, de tiras y aflojas y de malestar, que, al conocerse la sentencia, se ha expresado de manera multitudinaria en la manifestación de Barcelona.
Si el Partido Popular pretendía acentuar el victimismo que tan bien utilizan los partidos nacionalistas (como ellos en el caso de España), aumentar la sensación de agravio de los catalanes respecto a las decisiones que llegan de fuera de Cataluña, deslegitimar el Tribunal Constitucional, aumentar la desconfianza en el proceso autonómico y alimentar el crecimiento del soberanismo, lo ha hecho estupendamente. Si sus dirigentes buscaban aumentar la unidad del país, como aducían, lo que han hecho es alejar más a Cataluña; es más, se diría que realmente pretendían empujar a más catalanes hacia la independencia.
El daño ya está hecho. Y ahora, ¿qué?
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