LA ESPAÑA MALCRIADA
POR PEDIR que no quede. La derecha española sólo es europeísta a la hora de las subvenciones. Pero se escandaliza cuando le llaman al orden. España es Europa sólo para cobrar, no para poner orden.
Algo le pasa a la derecha con Europa. Cuando Felipe González fue a Edimburgo, Aznar le llamó pedigüeño. Cuando ahora llega el tiempo de las rebajas, los mismos que entonces se avergonzaban de exigir ahora le recuerdan a Zapatero que se baje los pantalones.
Cuando llegan las elecciones europeas, la derecha insiste en que hay que votar a éste o al otro para que defiendan los intereses de España. Pero, por lo visto, a nadie le interesa hablar de los intereses de Europa. Todavía nos acordamos de aquel caballo de Troya llamado Aznar auspiciando cartas en contra de la vieja Europa mientras se buscaba el billete para las Azores. Políticamente Europa no le interesa lo más mínimo a la derecha española. Económicamente, sí. Subvenciones para el cultivo del lino y para las grandes dehesas de los grandes propietarios, ésas sí son bienvenidas.
Pero el espíritu europeísta no se ha extendido ni se ha hecho pedagogía cuando ha gobernado la derecha. Europa es una ubre inacabable, un cuerno de la abundancia, lo que en catalán llamamos la bota de Sant Ferriol. Europa era un mito mediterráneo raptado por Zeus, pero la derecha española la ha querido ver como una suerte de Mary Poppins voladora que mostraba a los españolitos la magia de su fuerza y que intentaba instruirles en los buenos modales europeos. Pero ahora Mary Poppins se nos está yendo.
Ya somos mayores y, desde la puerta, agarrada a su paraguas nos dice: "Me voy. Otros niños me esperan". Y se va hacia el Este, no sin antes habernos dejado un buen pellizco para que nos paguemos los gastos hasta el 2013. Europa se nos ha vuelto un poco rácana, pero tal vez ya empezaba a ser hora. Me imagino a un jubilado alemán, Herr Schuster, contribuyente ejemplar en su país que ha visto cómo durante años sus dineros iban a parar a las autovías de la cohesión con los países del sur. Herr Schuster, sin embargo, no es rencoroso. Ha trabajado toda su vida y ha conseguido ahorrar para comprarse una casita rodeada de naranjas y del mar tranquilo de Valencia. Sobre las espaldas de Herr Schuster se ha edificado en parte la UE, sus instituciones, su parlamento y sus leyes.
Pero ahora el señor Schuster se da cuenta que la derecha valenciana le está cambiando su pequeño retiro. Que su propiedad puede verse afectada por un plan de interés general más bien ambiguo. Herr Schuster ya no ve el mar y ahí donde se levantaban los naranjos se levantan grúas y más grúas de la construcción. Entonces, es el momento de llamar a las puertas de Europa y recordar que él no ha estado pagando impuestos toda su vida para que la derecha española se vaya saltando las directivas comunitarias. En Europa le escuchan y dan un toque a la Administración valenciana para que detenga la brutal urbanización de un territorio que a la larga se demostrará inviable. También advierten al Gobierno que ya basta de condonar el IVA a la Iglesia, que eso no lo hacen ni en Italia ni en Portugal. Y ¿qué hace la derecha? Pues, como un niño malcriado, pide más dinero y dice que Europa se puede meter sus directivas por donde le quepan. Ojalá venga Mary Poppins a poner orden.





