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La Coctelera

SIN PELOS EN LA LENGUA

30 Diciembre 2005

Las mujeres que hacen historia

La historia que nos explicaron era cosa de machos, pues estaba empedrada de reyes, papas, generales, descubridores, herejes e inventores, todos hombres barbados. Los profesores progres de hace treinta años cargaron, sin embargo, el protagonismo histórico a los proletarios, unidos frente al imperio burgués..., y en ese río multitudinario las mujeres eran una sufrida comparsa de la famélica legión. Es cierto que hubo reinas poderosas que cortaron el bacalao, y algunas cabezas, pero figuraban más bien por su papel reproductor o por algún encanto femenino. Según Pascal, si Cleopatra hubiera tenido la nariz un pelín respingona, hubiera cambiado el imperio romano, aunque no fue sólo su cuerpo hermoso lo que engatusó a Marco Antonio y César, sino «la dulzura de su voz y los delicados matices de su lengua al hablar», según Plutarco. Nunca hay que desdeñar el factor humano como motor de la historia, un rasgo físico o de carácter del mandamás de turno, como cuando se atribuye el éxito de la monarquía en España a la campechanía del rey Juan Carlos, pero la vida es más compleja.

Frente a esa historia externa, Unamuno hablaba de la historia invisible, la amasada por el alma de la gente en el vivir cotidiano. Esa alma, ¿fue el espíritu religioso?, ¿la esencia nacional del pueblo? (¿Y cuál es la esencia vasca, catalana, española?). Si es verdad que hay alma intrahistórica, hoy circula feliz en un carrito por los centros comerciales: es el afán de consumir y poseer cosas, que no sólo condiciona el PIB, sino que funda el humanismo del siglo XXI. El deseo de pasarlo bien es la levadura del progreso. El buen consumidor odia la guerra, la muerte, las fronteras, la imposición lingüística, el champán malo y los delirios nacionalistas. Ni bebe ni deja de comprar cava del Penedés por prescripción política. Su patria es El Corte Inglés y su eslogan es «Mundo, calidade». Esta alma intrahistórica ha superado la tradicional guerra de sexos.

En la historia oficial, la mujer estaba en casa y con la pata quebrada. Aunque las cátedras universitarias aún se las llevan los hombres, una mujer manda hoy en Alemania, otra lo hará en Chile, y medio gobierno de España está en manos de mujeres. ¿Hacen ellas otra historia, a su manera? Las ministras de Zapatero, tras aquella bagatela de retratarse en equipo con pieles y lencería de París, parecen todas como desganadas y tristes, como asustadas en medio de tanta bronca varonil. ¿No sienten la erótica del poder? Y son poco locuaces, en contra de la condición femenina de la que se burlaba Shakespeare: «¿No sabes que soy una mujer? Cuando pienso, debo hablar.» Sólo la ministra de Sanidad, pese a su apariencia frágil y sin alzar la voz, con la firmeza cartesiana de quien ha estudiado el bachillerato francés, está decidida a cambiar las cosas. El fumar se va a acabar, ha dicho, dispuesta a limpiar el aire viciado de las tabernas y orear el aliento a cenicero de los españoles. Más aún, quiere poner a cinco millones de viejos artríticos a hacer aeróbic todas las mañanas. Frente a tanto político sumido en cláusulas estatutarias, ella practica un despotismo ilustrado y saludable: hará historia. Porque hay una Historia de las mujeres que cien profesores universitarios, la mayoría profesoras, exponen sin ánimo sexista en dos gruesos libros recientes -faltan otros dos tomos-, con el fin de valorar lo que ellas han hecho siempre: sus trabajos invisibles en casa y en el campo, su función de hembras que paren y solazan al marido, su trabajo sin sueldo, su mundo confidencial, la estima de la apariencia física, la aportación de algunas escritoras y reinas, su desposesión de la palabra moral, que estaba en manos de clérigos y filósofos, en fin, lo que las mujeres han aportado al vivir de cada día. Vista con otros ojos, la historia es siempre menos épica y más dolorida de lo que nos contaron.

EDUARDO ALONSO

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