El nacimiento de un agnóstico
Era un republicano convicto y confeso, que allá por los años 50 le dio por montar un belén. El hombre no creía, pero admiraba los dioramas que se exhibían en las parroquias y locales religiosos. Le encantaba ver las representaciones del paisaje local, con su sabor rural, sus ovejas, sus bueyes y sus asnos, que le recordaban su lejana infancia.
Pasadas las magras fiestas de uno de aquellos años de posguerra, apareció por su casa con un libro de viejo que se titulaba El arte de construir belenes. Se pasó todos los domingos forrando maderas con arpillera de saco y cubriéndolas con yeso. Buscaba en revistas ilustradas los modelos de la arquitectura que imaginaba. Con alambres a los que enrollaba gruesos hilos de algodón hacía troncos de palmera, que forraba con yeso y después los coronaba con palmas de cartulina. Salía al bosque y elegía cuidadosamente matas de tomillo, que harían la función de troncos de olivo; las copas eran de musgo, que encolaba cuidadosamente. Compraba colores en polvo que combinaba para colorear el yeso y así iba tomando forma una especie de caos de colinas, caminos, árboles y edificaciones. Luego le dio por modelar las figuras.
Le ayudaba un amigo suyo, un vecino, artista naïf que pintaba románticos paisajes de ensueño con rebaños de ovejas y encorvados pastores. Le coloreaba las figuras con los colores al óleo que llevaba en una pringosa caja de madera, mientras se contaban las batallitas de la guerra y se metían con el régimen, así por lo bajini, como era de rigor.
Pasado el verano empezó a montar el belén en el espacio que había debajo de una escalera de su casa que llevaba a un piso superior. El proyecto era ambicioso. Consistía en montar tres dioramas: la anunciación, el nacimiento y la huida a Egipto. Para el primero había representado la sala de una masía catalana, con su hogar. Detrás de una ventana aparecían unos almendros en flor y, en la estancia, un ángel alado de pie y con un brazo en alto y María sentada, mirando al suelo. Un lujo de detalles, en forma de mesa con porrón, escaño, hogaza y platos y estanterías con cachivaches. Al lado, el segundo diorama: un establo de una masía, con sus aperos agrícolas, su paja, y las figuras del nacimiento, con la mula y el buey. Al fondo y bajando por un camino, los Reyes Magos y su séquito, diminutos y en la lejanía y pastores y señoras lavando ropa en un riachuelo. Y la apoteosis final era el tercer diorama: la huida a Egipto. El buen hombre había hecho un refrito del templo de Karnak y el de Orus, y con ambos había hecho un colosal montaje con sus esfinges, sus jeroglíficos, sus obeliscos, sus palmeras, su desierto y en primer plano, a la sombra de los muros del templo, la que había sido su composición estrella y de las pocas que habían sido fruto exclusivo de su propia imaginación: José sentado, con María recostada en él, medio estirada y con su cabeza apoyada en su hombro y el niño Jesús en brazos. El santo carpintero pasaba el brazo sobre ella, en una protectora y paternal actitud.
Satisfecho del resultado obtenido, animado por los elogios y consejos del pintor naïf, se apuntó al concurso local de belenes.
Un domingo por la tarde se personó el jurado en su casa. "Dentro de estas paredes jamás se ha reunido tanta gente de derechas a la vez desde que en el 1939 me detuvieron por rojo", pensó. El grupo estaba formado por varios notables de la localidad, entre ellos el Padre N., conocido censor y principal director espiritual de los rediles católicos de la localidad. El autor estaba cortado y nervioso y no acertaba a explicarse. Se pudo oír algún elogio bastante elocuente y se insinuó alguna felicitación, hasta que tomó la palabra el Padre N: "No está mal, no está nada mal. Yo diría que está francamente bien. Técnicamente bien logrado y no le falta detalle, pero carece de algo... por ejemplo de espíritu religioso. Es un nacimiento sin alma, sin devoción. Las figuras las ha esculpido usted, ¿verdad? Si ya se nota que no es usted hombre versado en cuestiones de espiritualidad. Por ejemplo, ¿a quién se le ocurre que San José tenga abrazada a la Virgen María? Es bien sabido que no había contacto físico entre ambos y usted los ha representado en una actitud que no tiene nada de evangélica. Más que la Sagrada Familia parece una familia vulgar y corriente, de lo más normal..."
El viejo republicano se quedó mirando al cura, y solo supo balbucear: "Yo imaginaba una gente que huía y que estaría cansada y hambrienta", y en su mente tenía la imagen dolorosa de la población evacuada que había visto caminar por los polvorientos caminos de Aragón, cuando la guerra.
Los miembros del jurado se marcharon como habían venido, tiesos y soberbios, dejándole con una cierta desazón en el estómago y un sabor agridulce en la boca. Cuando se publicó el fallo, pudo comprobar que a pesar del posible voto en contra del Padre N., le dieron el primer premio.



