Un agujero en el estómago
Se va, se que no es para siempre, se va de Colonias (campamentos), tres días, dos noches, pero no puedo evitar esa sensación de desasosiego, sus primeras dos noches fuera de casa, ¿Qué sentiré al ver su habitación vacía?.
No puedo evitarlo, ayer enseñándole, como guardar el saco de dormir, como doblar el chubasquero y recoger la mochila, las lágrimas afluían a mis ojos, nueve añitos, sólo nueve.
No es la primera vez y tampoco será la última, pero la sensación de vació cuando ella no está, por momentos es insufrible, contando el tiempo que falta, y esperando que pase lo más pronto posible e intentando rellenar insufriblemente su vacío.
¿Podré acostumbrarme algún día? O como decía Joan Manuel Serrat, tendré que resignarme:
A menudo los hijos se nos parecen,
y así nos dan la primera satisfacción;
ésos que se menean con nuestros gestos,
echando mano a cuanto hay a su alrededor.
Esos locos bajitos que se incorporan
con los ojos abiertos de par en par,
sin respeto al horario ni a las costumbres
y a los que, por su bien, (dicen) que hay que domesticar.
Niño,
deja ya de joder con la pelota.
Niño,
que eso no se dice,
que eso no se hace,
que eso no se toca.
Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma,
con nuestros rencores y nuestro porvenir.
Por eso nos parece que son de goma
y que les bastan nuestros cuentos
para dormir.
Nos empeñamos en dirigir sus vidas
sin saber el oficio y sin vocación.
Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones
con la leche templada
y en cada canción.
Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen,
que crezcan y que un día
nos digan adiós.







Guso Sakatomi dijo
Entiendo esta sensación, la experimentas la primera vez, pero al final se convierte en un alivio y planeas alguna actividad diferente para cuando ellos no están casa.
2 Mayo 2007 | 05:30 PM