Esta noche he tenido una pesadilla.

Sí, esta noche he tenido una pesadilla: estoy en una cola de gente. Estoy en la cola de un colegio electoral. Estoy en la cola de un colegio electoral, me voy acercando a la mesa, ya casi me toca, casi puedo acariciar la urna. Estoy a punto de meter el sobre cuando el presidente me tapa la raja de la urna y dice:

“Lo siento. No está usted en la lista”.

¿Está bromeando? No, resulta que habla en serio, puedo comprobarlo cuando pone la lista ante mí: mi nombre no aparece. El presidente de la mesa es muy amable, en mis pesadillas siempre hay un tipo muy amable. En esta pesadilla, el tipo amable es el presidente de la mesa electoral. El presidente de la mesa relee la lista de arriba abajo y de abajo arriba y al final dice:

“No es nada personal. No tenemos nada contra usted. Sabemos quién es usted, lo conocemos, sabemos dónde vive, lo apreciamos. No es nada personal. Hay otros casos”.

Me alivia la amabilidad de ese hombre, pero la gente que está detrás de mí empieza a quejarse, alguien grita que me quite de en medio:

“!Si no está en la lista, apártese de la cola!”.

Ya, ya sé, hay pesadillas peores, lo de convertirse en insecto y cosas así, pero a mí descubrir que no estoy en la lista me deprime. Ya sé que lo de votar casi siempre me da mucha pereza, ya sé que a veces no sabe uno a quién votar, pero eso también tiene su importancia, no saber a quién votar, cagarse en los candidatos y luego votar o no, pero tener derecho a hacerlo. Estar en la lista. Estar en la cola. Y salirse de la cola porque a uno le da la gana, y no porque alguien le grite a uno:

“!Si no está en la lista, apártese de la cola!”.

El caso es que el presidente, viéndome decaído, me dice, en un tono muy amable:

“Puede tratarse de un error. No somos perfectos. Vaya al Colegio Electoral Central. Es el corazón de nuestra democracia. El custodio de los derechos humanos. Si usted merece estar en la lista, ellos le incluirán. Ellos tienen la lista madre”.

“La lista madre”. Nunca había oído hablar de ella. Pero parece lógico que exista algo así, la madre de todas las listas. El caso es que, como a veces sucede en los sueños, de un salto llego al Colegio Electoral Central. El corazón de la democracia. El custodio de los derechos humanos. Siento una enorme gratitud al ver a todos esos hombres trabajando.

“Vengo a consultar la lista madre”.

Por el modo en que se miran, me doy cuenta de que ellos sospechan que no, que no estoy en la lista madre. Y es así: no hay en la lista rastro de mi nombre.

“No es nada personal”, me dicen amablemente. “No tenemos nada contra usted. Sabemos quién es usted, lo conocemos, sabemos dónde vive, lo apreciamos. No es nada personal. Hay otros casos”.

Me empieza a molestar tanta amabilidad. Todos son muy amables, pero ¿por qué será que siento que me están escupiendo? Si me conocen, si saben dónde vivo, si me aprecian, ¿por qué no estoy en la lista?

“¿No será que usted no nació aquí?”, me dice uno de ellos.

La verdad es que no lo recuerdo. No recuerdo si nací aquí o fuera de aquí, ¿qué significa “aquí”?, hace mucho tiempo de eso, toda mi vida, ¿qué importancia tiene aquello a estas alturas? Supongamos que no, que no hubiese nacido aquí.

“Si uno no ha nacido aquí, ¿qué hay que hacer para entrar en la lista? ¿Hay algún examen? Estoy dispuesto a esforzarme. ¿Es un problema de dinero? He oído que algunos futbolistas consiguen, en un tiempo récord…”.

A ellos no les gusta que lleve por ahí el tema, no les gusta que les hable de los futbolistas.

Todos empiezan a hablar a la vez. Uno dice “Democracia”, otro “Derechos humanos”, otro “Constitución”… Como hablan a la vez, yo sólo oigo “Bla-bla-bla…”. Hasta que uno consigue imponer su voz sobre las demás y dice:

“No se deje confundir. No es nada personal. No tenemos nada contra usted. Sabemos quién es usted, lo conocemos, sabemos dónde vive, lo apreciamos. No es nada personal. Hay otros casos”.

Empiezo a pensar que sí tienen algo personal contra mí.

“No sean tan amables conmigo y hagan el favor de incluir mi nombre en la lista. ¿O es que tienen miedo a que yo vote?”.

A ellos les disgusta esa pregunta.

“¿Cómo se le ocurre hablarnos en ese tono? ¿Nos habla así y pretende votar? Nosotros lo estamos tratando con respeto. No le recordamos a cada momento que es usted extranjero, no le preguntamos a cada momento dónde nació, le hemos dado hospitalidad y usted nos paga así nuestra hospitalidad. Cómo se ve que no es usted uno de los nuestros. Da miedo pensar qué haría usted con su voto, si le dejásemos votar. Da miedo”.

Así que tenía yo razón, me digo, tienen miedo de mí y de mi voto. ¿Por qué? ¿Quién tiene miedo a que yo vote? ¿Quién tiene miedo a que yo vote? ¿Quién tiene miedo a la democracia?

¿Quién tiene miedo a la democracia? Noto que me estoy despertando, porque las palabras se quedan colgadas en el fondo de mi cabeza, se repiten como un eco en la cabeza, ¿quién tiene miedo a la democracia?, ¿quién tiene miedo a la democracia?, ¿quién tiene miedo a que yo vote?, ¿quién tiene miedo a que yo vote?, ¿quién tiene miedo a que yo vote?

Juan Mayorga