El primer disidente de la historia debió ser Lucifer, aquel angel cojonero que un buen día le dijo a Dios “ahí te quea, picha, que yo me voy a vivir al piso de abajo…” El elegido que no quiso obedecer al creador tirano, el alado inmortal que no pasó por el aro del jefe. Maldito, por siempre maldito, negado por quienes se reservan el don de la verdad y rememorado sólo por cuatro locos que escuchan rock duro, visten de negro y dicen ser Satánicos. A mi el tal Lucifer me cae bien, aunque sólo sea por haber sacado los pies del plato.

Y me cae bien el dentista que no recomendó usar Colgate, ese díscolo que se apartó de aquello que aseguraban los otros nueve de la encuesta, y no sé si lo hizo por integridad o porque los de la marca no le untaron lo suficiente. (Ya se sabe que un dentista cobra hasta por opinar). ¿Qué ha sido de él…? ¿Quíen lo nombra…? ¿Qué otra marca de dentrífico recomendó para apartarse tan bruscamente del rebaño…? Ahora, después de lustros viendo el anuncio, sólo pasará a la história por ser el décimo dentista. Qué triste…

Qué habrá sido del tipo que inventó el vídeo Beta, el laser disc, la pulsera magnética, la Coca Cola de cerezas o el Nenuco negro, aquellos visionarios que quisieron andar los caminos regateando senderos para llegar antes y acabaron partiéndose los dientes en las puertas del Infierno y pagándole la factura al décimo dentista.

El mundo, desde tiempos ancestrales, se ha construido a la medida de los vencedores, de los que triunfan, de los que esbozan la sonrisa con los dientes más blancos. Nadie rememora a los perdedores. Se pobló el planeta con los hijos de Abel, la estirpe de Caín sigue dando tumbos coqueteando con serpientes y manzanas, incomprendidos, visionarios del absurdo, sin una cita en la agenda para que el psicoanalista argentino, judio y con diván sintético les diga: ” vuestro odio no es innato, es el producto del favoritismo injusto de unos padres sin personalidad, esclavos de la hipoteca del Paraiso y manipulados por un creador caprichoso y sectario…” Y aún así, los desposeidos de los dones divinos siguen jodidos con terapia o sin ella. No estamos acostumbrados al anti heroe, no vestimos los harapos de la estética de los fracasados, no oimos la llamada de los disidentes, aunque esté el mundo lleno de ellos, aunque sean los tontos útiles sobre los que escalan posiciones quienes están llamados a reinar sobre las cumbres.

Estamos rodeados de suicidas penitentes, de soñadores que no buscan la gloria, sino la derrota anticipada, de todos los seguidores de aquel Ícaro imprudente que, tal vez, no quiso alcanzar la esféra celeste, sino sólo avisar a los mortales de que el cielo sólo es morada de dioses. De ahí para abajo sólo hay lugar para los cretinos.

La Trinchera.